Se ofrece

Se ofrece:

Habitación pequeña de paredes blancas y curvas, con vistas al mar. Soleada, asomada a los acantilados. Zona tranquila y aislada, pocas visitas. Acceso a través de una senda que serpentea entre rocas y pinos, ocasión única. Luz gratis, con hilo musical (dos canales, uno con sonidos del mar, otro con sonidos de gaviotas). Edificio orientado a los cuatro vientos, con portero y personal de mantenimiento.

No es necesario fianza, primeros 50 años gratis, alquiler negociable después. A cambio se pide:

- Acompañarme en las noches de verano cuando me siento a ver la luna llena sobre el mar.
- Ayudarme a buscar caracolas por la playa.
- Soportar mis largos silencios.
- Aprender a hablar a las gaviotas.
- Acompañarme a las rocas y sentarnos a ver ponerse el sol.
- Ayudarme a limpiar los dorados de mi faro.
- Coger mi mano cuando estoy triste.
- Dejarse despertar con un beso.
- Acompañarme a ver el nacimiento del mundo en cada amanecer.
- Bañarnos desnudos bajo la luna llena.

El Faro

El Faro

Esperaba impaciente a que se hiciera de noche. Tenía fama de bueno en su trabajo, llevaba allí años y años, guiando a los barcos cuando el sol se ponía, diciéndoles donde estaba la costa, donde estaban aquellas rocas.  Los marineros de la zona decían que no sólo era su guía en las noches de temporal, cuando nadie sabía donde estaba nada, sino que era como una madre, como una esposa, que velaba por ellos, que les indicaba el camino a casa.  Pero nada sabía nadie de sus sentimientos.                                      

Aquella noche el farero pensó que estaba loco, o, al menos, enfermo.  Cuando subió las escaleras, al caer el sol, para comprobar que todo estaba dispuesto la escuchó. Fue una voz tenue, suave. Se asustó, allí no podía haber nadie. Se volvió y tras de él  sólo había una escalera vacía. Subió y todo estaba solo. –Vamos, enciéndeme, por favor.

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